“El papel es mucho más paciente que los hombres” escuché decir una vez. Y lo creo, y lo comparto, y lo defiendo con uñas, dientes, capas, espadas y todas las cosas que se puedan usar, tengan sonidos tan bonitos poéticamente como no.
El papel no nos espera impaciente, no nos apura, no nos juzga, no nos reprocha absolutamente nada. Ni siquiera nos mira. Ni bien ni mal, simplemente, no lo hace.
Hay veces en las que no puedo articular sonido alguno de mi boca. Veces en la que ésta se seca y las ilaciones de las ideas se rompen como uniones de átomos de carbono. Veces en las que una sola mirada inhibe mis pensamientos, y guardo todo sentimiento en un lugar oscuro, para no denotar la mentira en mis facciones. Luego consigo un cuaderno empezado y una lapicera que funcione, y despliego mi alma cual si fuera un crupier, con sus cartas, en un casino.
Algunas personas hablan mucho, otras hablan poco. Unas eligen hablar sólo cuando las llaman, otras sólo de temas que le interesan, otras de todo. Y una parte de la gente, habla de todo… lo que puede.
Yo formo parte de ese grupo.
Pero los problemas de comunicación se pueden suplir. Y entonces nacen las cartas, los e-mails, y los diarios…
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